Nuestras lenguas decifraron dogmas, y las manos, estas rozaron una y otra vez en nuestros cuerpos como si se tratara de un telar con colores, con matices en éxtasis, como para hacernos rebozo y terminar en nudo.
Que húmedad la de aquella noche, torció la madera que cubría mi pecho y atibió lo fúnebre de mis labios, dejando una sonrisa aparecer cada que recuerdo un tanto cuántico para ti, y tan tangible para mi.
Las cactáceas con las que platico al llegar a casa y la ventanilla del colectivo seguramente se han de cuestionar de tan peculiar regocijo que me sale de la sonrisa de vez en cuando; seguramente pensando en él o quién sabe en qué amante, pero sí en sus manos.
Abigail Robledo